
No; no sabemos qué hondos desapegos llevamos con nosotros y que tal vez mal juzgamos, pues bien pueden ser desapegos impropios en los hijos solares (Apolo) pero tal vez no en nosotros, frutos del ''error'', de un sino nocturno y regalado. Quién sabe qué levedad lleva consigo ese tiempo, esa Mnemosine o temporalidad que heredamos. Y al decir tiempo se habla de vida y muerte. Vida de vigilia y recato que tal vez no produzca tumbas graves y densas, mas que se levanten apenas como saludos para reiniciar nuestra gratitud o gracia de un pasado.
Un modo propio de temporalidad es a su vez un diseño de la muerte que se asume y la muerte que va configurando el pasado. Puesto en trance en ese filo de pura temporalidad de vigilia y recato, en ese paso que acaso busque con su torpeza más la graciosa liberalidad del andar que el aplomo - otro fundamento del pie - de suerte que venimos por otro camino ya no a ser hijos de la Proeza sino nietos de ella. Así, la extensión, el andar, reconoce nuestro paso y con ello la filiación más que la genealogía, este modo de andar que tal vez lleve en sí lo extenso y no el recodo : el horizonte de una cima inalcanzable y nevada o de una pampa ilimitada sin una sola vertical o este conjunto aparentemente homogéneo, pero siempre distinto, de las selvas nunca vírgenes y de nuestros cielos, que nos son aún desconocidos, porque no conocemos nuestro mar interior, del que hablaron Oviedo y nuestro Ovalle; y de este otro inmenso mar que nace junto a nosotros como este mar que nos yace ignorado: el Pacífico. Vocación y llamado. Un mar por otro. De un mar al otro.
La estrofa con un vago fondo melancólico que puede sonar a evocación más que a admiración y con ello destila una sutil tristeza que a modo de antiguos peanes nos canta nuestra condición de hijos de América: desapegados, no solares, en el peligro, al par que en el encanto mismo de quien es regalado, aún, en la forma inusual de levantar un pasado.
Un modo propio de temporalidad es a su vez un diseño de la muerte que se asume y la muerte que va configurando el pasado. Puesto en trance en ese filo de pura temporalidad de vigilia y recato, en ese paso que acaso busque con su torpeza más la graciosa liberalidad del andar que el aplomo - otro fundamento del pie - de suerte que venimos por otro camino ya no a ser hijos de la Proeza sino nietos de ella. Así, la extensión, el andar, reconoce nuestro paso y con ello la filiación más que la genealogía, este modo de andar que tal vez lleve en sí lo extenso y no el recodo : el horizonte de una cima inalcanzable y nevada o de una pampa ilimitada sin una sola vertical o este conjunto aparentemente homogéneo, pero siempre distinto, de las selvas nunca vírgenes y de nuestros cielos, que nos son aún desconocidos, porque no conocemos nuestro mar interior, del que hablaron Oviedo y nuestro Ovalle; y de este otro inmenso mar que nace junto a nosotros como este mar que nos yace ignorado: el Pacífico. Vocación y llamado. Un mar por otro. De un mar al otro.
La estrofa con un vago fondo melancólico que puede sonar a evocación más que a admiración y con ello destila una sutil tristeza que a modo de antiguos peanes nos canta nuestra condición de hijos de América: desapegados, no solares, en el peligro, al par que en el encanto mismo de quien es regalado, aún, en la forma inusual de levantar un pasado.
¡oh desapegos que uno mismo ignora
antiguas gentes nocturnas
a quienes el peligro abre sus ofrendas
y la primera tumba inútil
donde con gracia
comenzar otro pasado!
antiguas gentes nocturnas
a quienes el peligro abre sus ofrendas
y la primera tumba inútil
donde con gracia
comenzar otro pasado!
G. Iommi. Introducción al primer poema de Amereida (pa variar)
yo también me pillo en desapegos que no me confieso

